¿Qué hacer después de un mal comportamiento?

¿Educar a un niño implica castigarle alguna vez? ¿Se puede castigar bien y castigar mal? En educación el castigo es un tema controvertido y en ocasiones polémico. Todos los padres y madres lo saben bien: antes o después recurrirán al castigo como herramienta para inhibir una mala conducta del niño.

A veces podemos prevenir el mal comportamiento. Establecer limitaciones justas y necesarias es, en realidad, la mejor decisión en ese sentido. Las normas son de gran importancia y necesidad para el armonioso desarrollo del niño. Pero, qué ocurre cuando no se cumplen las reglas, cuando los padres han establecido una serie de normas de manera adecuada, y el niño o el adolescente no las cumple?. Debemos tener en cuenta que los hijos son nuevos en el juego de la vida y están llamados a cometer errores. Pero tenemos que hacer algo después de que nuestros hijos se hayan portado mal.

Cuando lo que se desea es la modificación de una conducta, lo que se utiliza es el castigo. El castigo es un proceso de aprendizaje, que se opone al refuerzo. Mientras que el refuerzo aumenta la frecuencia de una respuesta, el castigo la disminuye. El castigo es entendido como una consecuencia desagradable de una conducta que no debía haberse hecho. Así, el castigo negativo u omisión implica el no dar un premio cuando se da una conducta no deseada. Por ejemplo, cuando una madre dice “si no estudias no vas a la playa”, el refuerzo positivo está presente (va a ir a la playa), por lo que se está reforzando la conducta deseada (el estudio). Pero la aparición de la no deseada (el no estudiar) omite el premio (el castigo es no ir a la playa).

El castigo puede implicar quitar algo agradable (un paseo, dejarle en un cuarto de modo que le quitas el estar con los demás, una alabanza de su padre…), o el dar algo desagradable, que ya sería el castigo como se entiende normalmente (un azote, por ejemplo), que es el menos recomendable.

Es fundamental recordar, por un lado, que para extinguir una conducta inadecuada siempre se debe tener en cuenta que, a la vez que la extinguimos, debemos sustituirla por otra; es decir, no sólo se debe decir “no hagas esto” sino también “haz esto en su lugar”. Por otro, debe reforzarse la conducta deseada a la vez que se castiga (ignorar la conducta es castigarla) la no deseada. Se ve, pues, que el castigo tiene efectos positivos, y que no debe entenderse únicamente como una represalia física, que es como a veces la entienden sus detractores, y que de nuevo repetimos que no se recomienda en ningún caso.

En ningún caso un castigo es una oportunidad para humillar al niño. O para demostrar y hacer valer la autoridad de los padres por encima de todo. La autoridad paterna puede ser cuestionada si no se hace buen uso de ella y se construye coherentemente día a día.

Al niño o adolescente le afectan más las reprimendas de sus padres que las de alguien lejano. Para el niño la imagen que sus padres tienen de él es muy importante. Por este motivo los castigos son muy delicados. Es crucial que el niño sepa por qué se le castiga, qué ha hecho mal, qué límites ha sobrepasado. Hay que tener muy claro que se le castiga por lo que ha hecho, no por ser de una manera u otra. Igualmente se debe tener en cuenta la personalidad del niño a la hora de aplicar un castigo, si es más o menos sensible, dependiente o independiente, etc. Hay que ponerse en su lugar para prever las consecuencias que el castigo puede tener sobre él.

Antes de recurrir al castigo debemos reflexionar sobre las consecuencias de éste, sobre los motivos que han llevado al niño a actuar como lo ha hecho.

Debemos ser intolerantes con la violencia, en cualquiera de sus formas. Un castigo no es más eficaz si se acompaña de muestras de ira, con gritos o con una actitud de violencia física. No hay mejor modo de enseñanza que mediante el ejemplo. Si el niño ve que hay que gritar para hacerse oír, si recibe contestaciones de malos modos o las escucha, él lo hará también. Además, cuando se trata de niños con síndrome de Down esto es más importante, ya que les cuesta más trabajo discernir cuándo debe comportarse de un modo y cuando no.

Antes de aplicar un castigo el niño debe estar informado claramente de cuáles son las consecuencias de una mala conducta (por ejemplo: “si tiras juguetes por el balcón te apago la tele”). Si el niño sobrepasa el límite verbalizado por sus padres, el castigo o la supresión de uno de los privilegios del día (retirar los juguetes hasta que el niño se calme, ponerlo en un rincón de pensar hasta que deje de gritar, no jugar con sus hermanos hasta que deje de pegar…) debe realizarse inmediatamente y sin demora. Cuando el niño reflexione sobre lo que ha sucedido y cambie su conducta, siempre se le debe reconocer y felicitar para reforzar las conductas positivas. No se deben imponer castigos eternos o que se demoren en algunos días. Por ejemplo, no sirve de nada decirle al niño que se va a quedar una semana sin ir al parque o que le vamos a tirar todos los juguetes a la basura. Lo que tampoco vale es estar amenazando todo el día o bien, no cumplir las amenazas que se verbalicen al niño. Con esto, los padres pierden toda la credibilidad. Siempre hay que darle al niño la posibilidad de que arregle las cosas: que pida perdón o cambie de actitud. Si esto ocurre se debe felicitar al niño y manifestarle lo bien que lo ha hecho.

Algo muy importante es que debe existir un consenso entre los padres en los criterios y límites a aplicar. Tan importante es saber cuándo castigar como decidir cuándo retirar el castigo. Si tenemos claro cuál es la función del castigo, qué mensaje y enseñanza queremos transmitir a nuestros hijos, será fácil comprobar en qué momento ha comprendido e interiorizado éstos y podremos retirar el castigo. Una vez pasado el enfado, es la ocasión de dialogar con ellos.

Orientaciones de uso

  • Elegir los castigos con prudencia. Los castigos han de cumplirse, por lo que un castigo absurdo o que no se cumple produce el efecto contrario.
  • Ser proporcionado a la conducta realizada y adecuado a la edad de los niños.
  • Ser severo, ya que si sólo supone una ligera molestia, se puede acabar aceptando la molestia como un mal menor.
  • Buscar castigos relacionados con la conducta indeseable. Así, por ejemplo, si es descuidado y estropea las cosas, las ha de arreglar.
  • Procurar que el castigo se acepte como algo merecido y se entienda que ayudará a mejorar.

NUNCA LOS CASTIGOS PUEDEN ATENTAR CONTRA LOS DERECHOS Y LA DIGNIDAD DE LOS NIÑOS

Efectos secundarios:

  • Pueden aumentar la conducta indeseable. En algunas ocasiones, los hijos buscan llamar la atención de los padres y, al no conseguirlo con una conducta deseable, les basta con que les prestemos atención mediante castigos por las indeseables. En este caso está directamente contraindicado su uso.
  • Si el castigo se ve desproporcionado, injusto o absurdo, puede generar sentimientos de aversión, venganza y resentimiento. Como consecuencia, es probable que no se evite la conducta indeseable. También estará contraindicado su uso en estas circunstancias.
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