Las ocho caras de la inteligencia

¿Puede un mismo alumno escribir los más bellos poemas y bloquearse ante un sencillo problema numérico? ¿Somos más inteligentes si aprendemos a manejar nuestras emociones?

En plena fiebre investigadora sobre los misterios de la mente humana, cuando la publicación de sorprendentes hallazgos neurológicos empieza a parecer rutinaria, nadie ha dado aún con una definición comúnmente aceptada de inteligencia. Cierto que no es sencillo asociar palabras certeras a un concepto que, en la práctica, a veces se nos presenta diáfano, y otras muchas, relativo y voluble. ¿Qué es ser inteligente? ¿Hasta qué punto podemos enriquecer nuestro talento natural?

En los años 80,se intentó arrojar algo de luz sobre estos dilemas al publicarse la teoría de las inteligencias múltiples. Un ambicioso enfoque con el que se propuso resquebrajar pilares incuestionables que hasta entonces habían sostenido el estudio del intelecto humano. Y por ende, abogar por una profunda renovación pedagógica que aspire a un modelo de enseñanza más flexible.

Esta propuesta rompía con esa noción tradicional de inteligencia como bloque homogéneo. Claro que otros investigadores (y el sentido común) ya habían desglosado anteriormente nuestra capacidad intelectual en distintas áreas. Para muchos resulta obvio que un alumno puede arrasar en álgebra sin atesorar idéntica brillantez cuando toca componer endecasílabos. Pero si posee un don especial para las matemáticas, lo normal es que sus aptitudes en lectoescritura se eleven por encima de la media. Se le puede considerar, en términos globales, una persona inteligente.

En esta nueva teoría no sólo sumó cinco tipos de inteligencia a los tres a los que se venía prestando atención (la lingüística, la lógico-matemática y la espacial). También argumentó que esas ocho inteligencias habitan nuestro cerebro en lugares separados y se activan de manera casi independiente. Hay ciertas conexiones, interactúan, incluso se potencian unas a otras, pero en lo fundamental permanecen como compartimentos estancos. Bajo esta premisa, tocar el piano como los ángeles y adolecer de graves dificultades para el pensamiento abstracto se antoja perfectamente posible.

Esta tesis parece en sintonía con su propia definición de inteligencia: “la capacidad de resolver problemas o elaborar productos que sean valiosos en una o más culturas”. Esencia pragmática que concuerda con un alto grado de especialización al utilizar nuestras facultades intelectivas. O dicho de otro modo, si la inteligencia sirve ante todo para “resolver problemas”, lo normal es que existan varias clases de habilidades específicamente generadas para cada desafío.

Aunque el ideólogo de las inteligencias múltiples ha alcanzado altas cotas de popularidad , lo cierto es que su teoría también ha cosechado numerosas críticas entre la comunidad científica.

Una de las más frecuentes cuestiona la excesiva autonomía entre diferentes inteligencias. De hecho, abundan las pruebas que certifican una fuerte correlación entre, por ejemplo, las aptitudes lingüística y lógico-matemática, tal y como se han ocupado de demostrar a lo largo de décadas millones de test para medir el cociente intelectual.

Otra acusación pone en duda el presupuesto  de que cada inteligencia ocupa su correspondiente espacio físico en el cerebro, algo que el profesor de Harvard menciona en sus obras sin aportar evidencias. Por último, muchos acusan a Gardner de descuidar los aspectos puramente empíricos de su tesis, puesto que hasta el momento no se ha creado ningún instrumento fiable para medir cada tipo de inteligencia en un individuo concreto.

Aún así, las inteligencias múltiples se han convertido en una expresión de moda en la pedagogía contemporánea e incluso en un marco de referencia para muchos centros. El mismo Gardner ha equiparado su teoría con “una filosofía de la enseñanza y una actitud hacia el aprendizaje”. Las repercusiones de sus ideas para el día a día lectivo pasan por cultivar todas las inteligencias (y no centrarse sólo en la lingüística y la lógica-matemática) y por abrir la escuela a formas de aprendizaje originales y personalizadas.

Y tu hijo destaca en…

  • Lingüística: El don de la palabra. La capacidad para comunicarse “de manera efectiva”, ya sea con vistas a sintetizar la esencia lírica de una puesta de sol o persuadir a millones de personas para que le voten a uno. Algunos de sus frutos más sugerentes son el ingenio, la precisión u originalidad en el lenguaje y la habilidad para crear belleza negro sobre blanco.
  • Lógico-matemática: Propia de personas que se sienten como pez en el agua en los intrincados mundos de la abstracción. Se manifiesta en la rapidez para resolver problemas numéricos (y de otro tipo), sobre todo cuando estos exigen manejar numerosas variables. El pensamiento lógico permite razonar con solidez hasta alcanzar conclusiones sin fisuras.
  • Espacial: La que más lejos se remonta en la noche de los tiempos, ya que procede de la primigenia necesidad de orientarse que tenían nuestros ancestros. Se basa en el talento para percibir líneas, formas, figuras y colores en el espacio, así como para comprender las relaciones que se establecen entre ellos.
  •  Musical: Se revela en la sensibilidad para captar, reproducir e inventar ritmos, tonos y sonidos. Un buen argumento a favor de Gardner, ya que –como todos saben– existen individuos duchos en formular teoremas como quien redacta la lista de la compra pero incapaces de seguir los ritmos más sencillos.
  • Corporal: La danza y los deportes más plásticos dan fe de la dimensión cognitiva de los movimientos corporales. La coordinación y el equilibrio son sus ejes, pero engloba otras habilidades como secuenciar acciones o ejercitarlas con tal precisión que al final parezcan reflejos.
  • Intrapersonal: Un auténtico conocimiento de uno mismo que permite interpretar sentimientos, emociones y conductas. Esto poseen las personas con alta inteligencia intrapersonal, que para muchos puede sumarse a la siguiente (interpersonal) dando como resultado el muy manido concepto de “inteligencia emocional”.
  • Interpersonal: Algo así como una alta dosis de empatía más una pizca de astucia en nuestras relaciones sociales. En sentido positivo, ayuda a detectar de un vistazo estados de ánimo ajenos. Y como arma defensiva, hace posible desenmascarar las intenciones ocultas del otro.
  • Naturalista: Añadida a la lista de Gardner a mediados en los 90, contribuye ante todo a una mejor apreciación de los fenómenos del mundo natural. Desde agrupar especies según características comunes hasta predecir con tino fenómenos meteorológicos.
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