Mejor educación para combatir la violencia juvenil

La falta de límites y de una verdadera educación en valores, junto con la negativa influencia de la televisión, están provocando el incremento de la agresividad entre los adolescentes. La prevención está en aportarles fortalezas para el autominio, el sentido de la responsabilidad y del esfuerzo.

Ante los sucesos ocurridos en los últimos años,  los expertos alertan que uno de los problemas de los jóvenes en la actualidad tiene que ver con el vínculo entre la violencia y el atractivo que tiene ésta.

Manifestaciones típicas de comportamientos agresivos, según establece el Defensor del Pueblo en su informe sobre Centros de Protección de Menores, suelen ser la indisciplina y el fracaso escolar, el acoso o maltrato entre compañeros por abuso de poder o “bullyng”, la escasa o nula tolerancia a la frustación, los desmanes asociados al “botellón”, el consumo de estupefacientes a edades cada vez más tempranas, la proliferación de bandas juveniles, o el mantenimiento de conductas singularmente exacerbadas y agresivas dentro de la familia.

¿Por qué actúan así?

El número de centros cerrados en España se ha multiplicado por ocho. Un dato revelador que indica que algo está fallando, cuando los menores adolescentes se sienten impunes. “Creen que sus delitos no son trascendentes y eso es una contaminación moral importantísima”.

Ahora no hay más delitos que hace unos años, pero sí son más violentos. Y ¿por qué? En primer lugar “porque la violencia es efectiva, funciona. Y en segundo porque han llegado chicos de países en los que las bandas están arraigadas”. Otra de las causas está en que los valores éticos y morales no se han sabido reemplazar o transmitir: “la textura religiosa que existía antes con el perdón o la compasión hacía que la gente se comportara de una forma socialmente adecuada”.

Ahora hay adolescentes muy hedonistas, que buscan su propio placer y ser felices en todo momento. Están muy golpeados por el consumo y las series que ven en televisión. La Ley del Menor sanciona los delitos pero nos los previene. Eso lo hace la educación. Una educación que, además de aportar formación, debe conseguir que los niños y jóvenes tengan autodominio, acepten la frustación y desarrollen un lenguaje más rico. Es esencial que se tenga una capacidad crítica y eso lo deben enseñar la escuela y los padres “aunque la gran mayoría lo hace muy bien, hay otros que no ”.

Los niños deben saber que existen unos límites y los padres tienen que darles cotas de libertad para aprender el valor de una responsabilidad ante sí mismos.

Atención a los síntomas

La adolescencia es complicada. Se trata de una etapa donde se van dejando atrás los valores de la infancia, y hay una necesidad de encontrar otros nuevos, más acordes con los cambios que empiezan a percibir. Es muy posible que a estas edades los chicos sientan decepción con la sociedad que encuentran. Culpabilicen a la familia por lo que nos les gusta. Y puedan sentirse tremendamente solos, con lo que desarrollarán unos mecanismos de defensa que se pueden convertir en agresividad.

La edad que más preocupa a la sociedad es el grupo de los 13 a los 16 años, sin embargo una edad a la que hay que prestar especial atención es la de los 7 años. Los niños viven un cambio esencial diferenciando entre el tú y el yo. También los primeros años de vida son fundamentales porque es cuando se marca su carácter, su personalidad.

Las primeras señales que un padre debe detectar,  “es si un niño es caprichoso o disfruta ridiculizando a los demás, que no tenga amigos y que esté siempre triste, ese sería el más grave de todos”. Ya en la adolescencia, los síntomas más preocupantes estarían en los jóvenes que pasan muchas horas encerrados en su habitación, que les gusten los juegos muy violentos o que participen en grupos fanáticos.

Desde la Institución del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid se insiste en la necesidad de que los padres estén muy atentos a lo que sus hijos hacen, con quien van, cuales son sus aficiones, etc. Este seguimiento es el que les ayudará a detectar de forma inmediata cualquier comportamiento extraño. Siempre dan pistas, lo importante es que conozcamos a nuestros hijos para percibir estos cambios. Y en cuanto detectemos algo que no nos gusta, hablar con ellos y adoptar medidas según la situación que se plantee. Hay que ponerles límites claros porque los primeros beneficiados van a ser, sin duda, ellos mismos.

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