¿Mentiroso o demasiado imaginativo?

La etapa de la fantasía en los niños da paso a la de la razón, momento en el que tu hijo aprende a utilizar su imaginación para algo más que crear su propio mundo. Es normal que diga “yo no he sido” cuando rompe algo en un intento de eludir una regañina y será tu reacción la mejor lección de responsabilidad que reciba, pues el lado positivo de equivocarse es aprender a enfrentarse a las consecuencias y ponerles remedio.

Entre los 2 y los 3 años es frecuente que los niños creen lo que conocemos como un amigo imaginario, una invención que puede durar hasta los 8 años y que resulta un compañero ideal para jugar, compartir charlas, sentimientos…, pero también una herramienta para asimilar el mundo. Sin embargo, un buen día, mientras tu pequeño juega con el vasito del zumo, éste se le derrama sobre la alfombra y, al ver tu cara mirando la mancha, dice: “yo no he sido”. ¿Y quién ha sido si no? Pues la respuesta es evidente: su amigo imaginario. ¿Estamos ante su primera mentira o sigue siendo pura fantasía?

Antes de nada, quizás haya que definir el término ‘mentir’, que es, según la el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, ‘decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa’. Mientras que entendemos por ‘verdad’ la ‘conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa’.

Más allá de la fantasía

“A partir de los 4 años un niño es capaz de mentir, aunque la edad varía en función de su desarrollo madurativo, ya que hasta que no acaba la fase mágica la fantasía tiene para los niños el mismo valor que la realidad”. Sin embargo, poco a poco su imaginación va dejando de ser un instrumento que utiliza exclusivamente para crear su mundo, y empieza a usarlo para salir de un apuro, comprobando que mentir puede ser un mecanismo de supervivencia.

Es muy positivo que los niños fantaseen, ya que ello ayuda al desarrollo de su inteligencia y creatividad, y nunca se considera que mienten mientras no lleve implícito el querer ocultar o evadir una responsabilidad. Pero si, como en el caso anterior, tu hijo emplea su imaginación para evitar un castigo, sí que estaríamos ante la primera ‘trola’ de nuestro pinocho en potencia. Por ello, según la especialista, “hacerle ver que tu amor hacia él es incondicional y que no depende de los errores que pueda cometer” es la mejor reacción por la que puedes optar antes de que a tu pequeño le empiece a crecer la nariz.

Hay una etapa en la que los niños ya han aprendido a mentir conscientemente pero también conservan la ilusión de fantasear en sus explicaciones sobre el mundo, ¿cómo debemos comportarnos entonces para diferenciar un caso de otro? “Siempre hay que transmitirles que la mentira dirigida a eludir responsabilidades o como llamada de atención no es correcta y que les trae más consecuencias negativas que positivas. Lo más importante para diferenciar un caso de otro es que exista comunicación con los hijos y que vean un modelo sincero en casa.

Alrededor de los 7 años, la conciencia de lo que es verdadero y de lo que es falso está totalmente desarrollada, aunque la noción de ‘verdad’ la elabora cada individuo por su cuenta”, explica la psicóloga. Lo que viene a decir que antes de esta edad –teniendo siempre en cuenta que la madurez de cada niño ronda año arriba, año abajo– más que mentir fantasean sobre la realidad.

Medidas con medida

En cuanto a cómo reaccionar al pillarle en algún embuste, dependerá tanto de la finalidad con la que haya mentido como de la gravedad que conlleve, así como de las consecuencias. En general, la respuesta de los padres debe ir dirigida a hacerles ver que es importante que asuman sus responsabilidades. Para ello, no basta echar un sermón, tiene que haber verdadera comunicación para poder explicar a los hijos el valor de asumir las consecuencias de cada acto, que no es otro que aprender de los errores.

No hay que mostrar desconfianza por sistema y estar seguros antes de considerar que aquello que nos dice es mentira. Tampoco lleva a ninguna parte darle más importancia que la que realmente tiene, pues el niño podría convertirlo en un medio para llamar la atención. Lo ideal es aplicar un pequeño castigo que no implique el contacto con los padres.

Si su conducta implica a más personas, hay que hablar con él en privado y no caer en el error de ponerle en evidencia en público.

El castigo siempre debe ser proporcionado, pues en ningún caso hay que transmitir miedo al niño, ya que el efecto sería el contrario. Esto quiere decir que, si el correctivo resulta desmesurado, la conclusión a la que acaba llegando el crío es que va a ser más eficaz mantener una mentira que enfrentarse a lo que haya hecho. “Cuanto más severas son las medidas de castigo de los padres, tanto mayor es la tentación de mentir del niño”.

El objetivo debe ser siempre volver a la confianza para normalizar la situación.

El secreto: la confianza

La mejor prevención es propiciar que tu hijo confíe en ti, ofreciéndole un modelo en casa de sinceridad, honestidad y una buena comunicación, para lo que es necesario “que exista un tipo de educación basada en una buena definición de roles, que las normas y límites sean claros, y que existan refuerzos” y no meros sermones. Ante todo, hay que transmitir al niño, con palabras y hechos, “que el valor más importante es la sinceridad, que si tiene algún problema le ayudaremos a solventarlo y que es importante que asuma responsabilidades y errores. Hay que hacer que entienda que no será mejor persona por no cometer errores, sino por aprender de ellos”.

Cuando el niño ya tiene conciencia de haber mentido y se siente mal por ello, ¿Por qué miente?

  • Por imitación. El niño se da cuenta de que los adultos mienten cuando les interesa, observa cómo lo hacen en diferentes situaciones, como para complacer a los demás –”ese corte de pelo te queda estupendo”– o para no hacer daño –”mejor no le decimos a papá que has suspendido el examen de Inglés y esperamos a ver qué pasa en el siguiente”–. Esto se va convirtiendo en algo natural, que cree poder utilizar según su conveniencia tal y como ha observado en los demás. Por ello es tan importante intentar ser un buen ejemplo de conducta para los hijos.
  • Para evitar un castigo. La mayoría de las mentiras vienen producidas por el miedo a afrontar las consecuencias de algo que se ha hecho. En el caso de los niños suele responder a unos padres demasiado rígidos y moralizadores, y a un hijo con miedo de perder el amor de éstos. Otra característica común que se oculta detrás de las mentiras es la falta de autoestima.
  • Para llamar la atención. El ejemplo más claro suele ser inventar una dolencia y se diferencia de la somatización en que el niño finge que le duele la tripa o la cabeza, pero en realidad no sufre ninguna enfermedad. Los padres deberán intentar dar al niño el afecto que reclama y dedicarle más tiempo, pues detrás de este teatro vuelve a estar la falta de autoestima.
  • Por predisposición en su personalidad. Un niño tímido o temeroso tenderá a negar las cosas por miedo a ser juzgado, mientras que uno exaltado tenderá a la exageración constante.
  • Por vanidad. Es otra forma de pretender agradar a los padres si éstos valoran las apariencias.
  • Porque continúa sin distinguir lo real de lo imaginario. El niño no miente, pero está anclado en fases anteriores y necesita ayuda psicológica para superarlas.

 Más mayor, más trolero

En el caso de los adolescentes, ¿es normal que mientan? ¿Cuándo no lo es?

  • En la adolescencia se producen más mentiras intencionadas por miedo a las consecuencias de las diferentes formas que tienen de enfrentarse a la realidad que experimentan –no haber estudiado lo suficiente en el caso escolar, probar sustancias tóxicas, o los primeros contactos y tonteos entre chicos y chicas–. Hay que diferenciar aquellas mentiras que no implican un daño potencial para el adolescente de las que sí.
  • En los jóvenes que emplean la mentira como medio normal para manejarse, puede esconderse una falta de asertividad, baja autoestima, una educación excesivamente autoritaria o la falta de confianza y comunicación con los progenitores.
  • Para saber si tu hijo oculta algún trastorno tras esta conducta, habla con él y con el colegio para averiguar si está generalizando el uso de la mentira a todos los contextos. Si es así, conviene acudir al especialista, pues un alto porcentaje de casos esconde un trastorno emocional.
  • El propio mecanismo de defensa emocional de los padres pasa por generalizar la desconfianza hacia el hijo, lo cual no crea el clima adecuado para que las cosas cambien. La solución debe empezar por volver a una situación de confianza mutua.
  • Si habéis decidido interrogarle, deberíais plantearos antes si realmente estáis preparados para encajar la verdad y si la mentira en sí va a afectaros más o menos que el hecho de que vuestro hijo os haya engañado. Vuestra reacción es vital y conviene estar listos para enfrentaros a ello sin menoscabar más su autoestima, aumentar el miedo…
  • Muchos libros hablan de gestos que delatan las mentiras. Sin embargo, no dejan de ser detalles cuyo significado depende de otros muchos factores. Lo más recomendable es dedicar el tiempo necesario para conocer a tu hijo.
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