Impulsividad y Autocontrol

Impulsividad y autocontrol son dos apectos interdependientes y muy relacionados entre sí. Ambos funcionarían como dos extremos de un mismo continuo si entendemos la impulsividad como la incapacidad para controlar los propios impulsos provocados por estímulos tanto internos como externos y manejarlos voluntariamente, de esta manera la persona queda a merced del contexto no pudiendo autocontrolarse y estando gobernada por las emociones que acontecen en cada instante.

Los niños impulsivos actúan sin apenas pensar, no son capaces de pararse a reflexionar en las consecuencias de sus actos y suelen tener problemas por su comportamiento inapropiado. Les cuesta mucho trabajo mantener la atención en algo concreto durante un tiempo prolongado; normalmente se muestran impacientes, tienen verdaderas dificultades para prolongar su tiempo de espera o para resistir a la tentación, cuando tienen una necesidad se ven obligados a satisfacerla en el momento. Sienten mucha frustración cuando no consiguen lo que quieren y pueden acabar teniendo una rabieta, llorando o dando patadas como reacción a este malestar.

Sus comportamientos son desordenados y tienden a pasar de una actividad a otra, se distraen con mucha facilidad con cualquier cosa y en muchas ocasiones se dejan tareas a la mitad. Sus emociones sufren muchos altibajos y pueden pasar de la alegría al enfado rápidamente. Además, cuando están inmersos en alguna emoción no son capaces de pensar con claridad y reaccionan en función de éstas aunque no sea adaptativo para el contexto en el que se encuentren. En la base de la impulsividad encontraríamos por tanto un fallo en su capacidad para autorregularse.

En el polo opuesto se situaría el autocontrol, definido por la capacidad que tienen las personas para autodirigirse de forma voluntaria y adaptativa en función de las características y necesidades del contexto. Se relaciona con la anticipación, ya que actuamos de una manera u otra para controlar posibles consecuencias futuras no deseadas o provocar activamente las que queremos conseguir. El autocontrol permite a la persona expresarse, actuar y rectificar en la forma en que más le convenga en función de sus necesidades y en el momento que quiere.

El autocontrol es algo que los niños aprenden con el tiempo y que empieza a establecerse cuando comienzan su proceso de socialización y existe mayor interacción con el entorno. Durante el primer año de vida no existe apenas autocontrol, el niño está determinado por su medio y se deja guiar de los estímulos que le rodean. Meses después empiezan a ser más conscientes de lo que esperan sus padres de ellos y pueden obedecer voluntariamente en algunas ocasiones a las cosas que se les pide que hagan aunque, por otra parte, el niño necesita también reafirmar su independencia por lo que muchas veces hará caso omiso de los requerimientos de los adultos. En el paso hacia los dos años la capacidad de autocontrol del niño progresa. Varios estudios demuestran que la capacidad para resistir tentaciones mejora considerablemente durante este tiempo. Aunque de momento no les es suficiente con los recordatorios verbales, por lo que será más efectivo que a una prohibición verbal le siga una acción, por ejemplo, decirle que no puede tocar el mando de la tele y además retirarlo de su vista.

En el periodo que transcurre entre los 25 y los 30 meses y coincidiendo con la adquisición de mayores habilidades verbales, el niño muestra un mayor dominio de sí mismo. El lenguaje juega un papel clave puesto que ahora puede expresar sus deseos sin tener que llevarlos a cabo en el momento,y pueden utilizar su lenguaje para dirigir su propio comportamiento. Unos meses más tarde los pequeños desarrollan su sentido del futuro y la capacidad para adelantar acontecimientos. Además la empatía empieza a aparecer, lo que le permite tener en cuenta sus propios deseos y los del otro y poder moderar sus propios impulsos teniendo en cuenta los sentimientos de los otros.

Igualmente y coincidiendo con este momento, el niño tiene la capacidad cognitiva para formar imágenes mentales y recordar mejor los sucesos pasados lo que le permite representar sus propias acciones y conectar mentalmente su conducta con lo que se le ha dicho que haga. El autocontrol supondría que el niño tuviera presente lo que se espera de él y se comportara en función de ello incluso en ausencia de sus padres. De esta manera se produciría la interiorización de normas y actuarían por convicción. Aunque todavía a esta edad no ha desarrollado correctamente la habilidad de adaptarse a nuevas situaciones y su memoria de momento no está del todo desarrollada, por eso olvida con facilidad las normas impuestas y le es difícil aceptar demoras prolongadas o mantenerse haciendo alguna tarea durante el tiempo requerido.

El autocontrol se logra en torno a los tres años de edad y se irá perfeccionando a lo largo de los años venideros. De los 3 a los 6 años el niño va poniendo en marcha y practicando todo lo aprendido hasta ahora, es mucho más autónomo de sus padres y empieza a relacionarse más con otros niños. Durante estos años son capaces de seguir las instrucciones dadas ayudándose de su habla interna para guiarse, pueden jugar en grupo siguiendo unas reglas establecidas y en clase son capaces de aguantar sentados y seguir el protocolo, han aprendido que no siempre pueden conseguir lo que quieren desarrollando así su capacidad de tolerar esta frustración.

De los 7 a los 12 años el autocontrol pasaría una etapa de transición. Los padres todavía ejercen un control activo y supervisan aunque el niño cada vez es más capaz de regular su comportamiento y adquiere mayores responsabilidades. Hasta los 10 años el tipo de control que se establece es externo, se siguen las normas porque vienen impuestas desde el exterior y su obligación es cumplirlas para evitar un castigo o para conseguir una recompensa.

A partir de esta edad, los niños cumplen las normas que provienen del entorno pero ya las han interiorizado, son muy sensibles a lo que es ser bueno o malo o a lo que es justo, desarrollan un pensamiento crítico con capacidad para juzgar las intenciones y seguir el sistema de normas impuesto socialmente.

¿Qué podemos hacer los padres?

  • Seleccionar y establecer metas apropiadas a la edad del niño y a sus capacidades que pueda ir superando. De menor a mayor dificultad.
  • Que los padres sean un modelo de autocontrol.
  • Si hay alguna situación conflictiva con otro niño, por ejemplo, sería recomendable alejar al niño de la situación y tomarse un descanso.
  • Establecer unos horarios fijos y unas rutinas diarias ayuda a tener un mayor control sobre uno mismo ya que esto facilita que los comportamientos se interioricen.
  • Dotar a los niños de responsabilidades cada vez mayores e ir consiguiendo que sean cada vez más autónomos.
  • Utilizar técnicas de relajación para disminuir la intensidad de los estados emocionales.
  • Ayudarles a pararse y pensar antes de actuar, es muy útil contar hasta 10 y respirar, así rompemos el automatismo entre impulso y acción.
  • Trabajar con ellos para que desarrollen estrategias de solución de problemas cuando se enfrenten a un conflicto.
  • Construir unas frases junto con el niño que le ayuden a guiar su comportamiento.
  • Acostumbrarles a pensar en las posibles consecuencias de sus actos, haciéndoles preguntas dirigidas a la reflexión, ¿Qué puede pasar si…?, ¿cómo te sentirás si pasa…?, etc.
  • Reforzarles cada logro conseguido y animarles para volver a intentar aquello que no sale como ellos esperan.
  • Mantener unas expectativas realistas.
  • Fijar normas muy concretas en cuanto a las consecuencias de sus impulsos. Se deben establecer pocas normas a la vez para facilitar su cumplimiento y ser consistentes en la aplicación de las consecuencias.
  • Los límites deben ser acordados con el niño: él debe tener claro lo que se espera de él, y lo que no está permitido.
  • No podemos ceder ante sus comportamientos por muy llamativos que sean como, por ejemplo, frente a las rabietas.
  • Se necesita una supervisión directa, hay que recordarles cómo deben comportarse y anticiparse a cuando tendrán más dificultades y avisarles.
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