La Aparición de las Emociones Sociales en Educación Primaria

¿Qué son las “emociones sociales” y qué relación tienen con las emociones primarias o de fondo? ¿Cómo aparecen y cómo pueden gestionarse de un modo positivo en la etapa de Educación Primaria? ¿Cómo podemos dotar a nuestros hijos y alumnos de recursos para gestionar sus emociones a fin de hacerlos dueños más lúdicos de sus sentimientos y sus actitudes? El emocionante camino de la sociabilidad…

¿Quién no recuerda (como alumno o como profesor) un momento de felicidad general compartida por todos los alumnos de su clase ante el “orgullo” de un éxito común merecido?

Al iniciar la Educación Infantil nuestros hijos van a dar un salto importante de la familia a la Escuela, una institución social donde tendrán que relacionarse con otros niños y donde aprenderán a jugar con compañeros y a compartir espacio, materiales didácticos y pequeñas tareas con amigos, con maestras o maestros en una nueva red de relaciones y normas donde se pondrá a prueba su bagaje cognitivo, emocional y conductual para crecer educativamente. En este camino es evidente que no es posible socializarse bien sin regular nuestras emociones.

La educación responsable recibida en el entorno familiar será clave para afrontar con mayor éxito esta nueva etapa, pero su acción se verá potenciada o interferida por una multitud de nuevos factores. Entre los más destacados la gestión de las emociones será clave, junto con las habilidades sociales, para la progresiva integración en el sistema educativo y en la sociedad.

Los sentimientos de alegría producidos por la diversión en los juegos con compañeros, una mejora en la comunicación verbal y el afecto o la ternura generada entre sus amigos, así como el reconocimiento escolar… van a modular su inteligencia emocional sobre la base de su aceptación, y sobre tres pilares básicos que habrá que ir completando durante todo el proceso de Educación Primaria: autoestima, asertividad y empatía. Pero hoy nos detendremos en analizar la importancia de conocer las emociones, especialmente las sociales, para lograr nuestra meta: que nuestros hijos sean buenas personas y felices.

Las emociones como motores de los sentimientos y del comportamiento

Una de las aportaciones fundamentales de la nueva neurociencia ha sido el determinar la importancia de las emociones para la toma de decisiones racionales. Si hay una buena integración entre emociones y cognición, los sentimientos pueden llevarnos a considerar también la discriminación lógica y la ética antes de actuar. Ante determinados estímulos se dispara el motor innato de la emoción procesada por circuitos cerebrales especializados mediante operaciones cognitivas que producen un estado emocional (sentimientos). Los sentimientos nos informan, a modo de balance, de cómo nos sentimos, qué nos gusta o qué creemos funciona mal a nuestro alrededor. De aquí que conocer las diferentes emociones y los sentimientos que generan es muy importante para cualquier persona, pero especialmente para padres y profesores que educan a nuestros hijos.

Existen tres tipos de emociones:

  • Primarias: miedo, sorpresa, asco, disgusto, rabia, tristeza y alegría…
  • De fondo: entusiasmo y desánimo, que constituyen nuestro estado de ánimo de fondo a lo largo del día.
  • Sociales o secundarias: vergüenza, celos, envidia, orgullo, culpa, enamoramiento, desprecio, empatía… Se llaman así porque aparecen cuando hay una valoración, positiva o negativa, del propio yo en comparación con cómo debería actuarse en una situación concreta o en un contexto social determinado.

Las emociones sociales exigen tener una cierta conciencia de la propia “identidad” y de lo que se está sintiendo desde un punto sociafectivo. Surgen en relación con otras personas y suponen una aproximación ética a lo que el niño o la persona cree que debería ser o no ser correcto. De aquí que siendo emociones casi siempre ambivalentes, su conocimiento y su adecuada gestión puede tener un gran componente educativo. Porque, según la psicología, en la aparición y conformación de estas emociones sociales tienen un papel muy relevante los padres, los profesores y la sociedad, que desde que el niño es pequeño –a través de la aprobación o el castigo, le van mostrando la forma adecuada de actuar. Aún así, Damasio advierte que no siempre podemos determinar las emociones sociales, porque “la cultura sólo puede modular la expresión de estas emociones y orientar su manifestación de manera que un individuo acabe utilizando bien o mal su capacidad innata para experimentar y expresar estados emocionales”.

De la inteligencia emocional a la inteligencia social

Una de las aportaciones fundamentales de la nueva psicología a partir de las investigaciones de la neurociencia ha sido el concepto de inteligencia emocional. Se dice que una persona tiene IE cuando conoce sus emociones y sabe gestionarlas de forma apropiada; cuando actúa con asertividad, autocontrol y empatía; cuando cultiva las relaciones humanas positivas y sabe motivar y comprender a los demás. Las habilidades emocionales y sociales de una persona contribuyen a su propio equilibrio emocional y mental, así como al ajuste social y relacional. Por tanto, las personas con una adecuada IE suelen tener más éxito en la vida.

El modelo de Inteligencia Emocional de Mayer y Salovey, se basa en cuatro pasos:

  • Percepción y expresión emocional
  • Facilitación emocional del pensamiento
  • Comprensión emocional
  • Regulación eficaz de nuestras emociones (tanto positivas como negativas).

“Esta habilidad se puede utilizar sobre uno mismo (competencia personal o inteligencia intrapersonal) o sobre los demás (competencia social o inteligencia interpersonal).”

Una mochila de buenos recursos para el éxito

Las emociones sociales dependen en gran parte de cómo nos sintamos valorados por los otros. Y, en este sentido, el paso a la escuela, muchas veces, conlleva un grado de frustración inevitable, por la dificultad que a veces tiene el niño para responder a las expectativas de profesores y padres. Hay niños que mantienen su afán de superar los fracasos, pero hay niños que no han aprendido a tolerar la frustración, que desisten ante la menor dificultad. Desde el punto de vista de las emociones sociales, lo grave no es que les cueste alcanzar determinados conocimientos sino que se vea mermada su autoestima y se generen sentimientos de minusvalía, humillación, de desintegración por su grupo de alumnos y de rechazo a la escuela.Y es aquí donde la familia y el profesorado, como equipo básico coordinado tiene que poner los cimientos para reconducir el proceso.

Nuestra primera tarea será empatizar con el niño, ponerse en su lugar e intentar ver el mundo como él lo está viendo. Ayudarle a reconocer y expresar sus emociones e integrarlas mediante el diálogo razonado, que cuestione sus creencias erróneas. Deslindar las actuaciones equivocadas o la frustración producida por un error de comportamiento de su propio autoconcepto, de nuestro amor hacia él y de lo que sería más correcto hacer, dándole sugerencias y habilidades prosociales para ello. Porque su estima se reforzará con el esfuerzo y la eficacia de lo bien hecho. Y su autonomía se alcanzará con una asunción progresiva de responsabilidades. Una adecuada interacción educativa, tanto de padres como de profesores, le servirá para tener una buena idea de sí mismo. Y le capacitará para afrontar con mayor éxito la gestión de las emociones sociales y su comportamiento ante ellas. Así como mejorará su capacidad para convivir en la casa y en la escuela.

Apuntes para una escuela del logro y la alegría

Educar es un deber que implica optimismo y confianza en nuestros hijos y nuestros alumnos. Reconocer y felicitar sus progresivos avances en todos los campos es una buena inversión para afianzar sus progresos emocionales. Y, lo que es más importante, nos ayuda a que ellos tengan una mejor predisposición para comprender las consecuencias de sus actos, acepten mejor los límites, las normas, los retos y los valores éticos.

Una escuela que fomente las emociones sociales positivas y enseñe a gestionar las emociones negativas necesita de padres y profesores capaces de formarse en estos campos y que confíen recíprocamente en que juntos pueden.

El primer reto al que una escuela de primaria se enfrenta es hacerse atractiva para sus alumnos, sin perder rigor ni calidad en sus enseñanzas. Que los niños deseen ir a la escuela es ya un barómetro de su buen clima emocional.

Una escuela activa que incorpora los conocimientos previos de sus alumnos, que los hace sentirse parte de la comunidad del aula y del centro, que estimula la expresión oral y los escucha, que sabe gestionar los pequeños conflictos entre los alumnos a través de la verbalización y el diálogo, que respeta y celebra a cada niño –con sus diferencias- como si fuera el más importante y, a la vez, le estimula su responsabilidad con el grupo y con su propio deber para aprender… será una escuela mucho más inteligente y equilibrada. Todo esto no será posible sin un largo proceso de entrenamiento práctico y relacional en las nuevas técnicas de inteligencia emocional, social y moral en el que debemos implicarnos todos.

La adecuada gestión de las emociones sociales puede y debe ayudar a la educación moral de nuestros hijos o alumnos para que sepan:

  • Distinguir entre lo bueno y lo malo, y no solo entre lo agradable y lo desagradable, así como el deber de hacer lo bueno.
  • Sientan emociones morales y la alegría de haber actuado bien o la tristeza de haber actuado mal.
  • Para que comprendan el concepto de respeto, valía y dignidad de todas las personas.
  • Tengan capacidad de razonar sobre comportamientos y sentimientos buenos y malos.
  • Sientan los valores y los conviertan en sus criterios de comportamiento moral.

En esta gran tarea para una nueva educación, los padres en casa y los profesores en los centros deben convertirse en los principales líderes emocionales y morales de sus alumnos. En este punto de encuentro, las habilidades emocionales y las habilidades sociales se encontrarían para mejorar el sistema integrado de una buena educación para una mejor sociedad.

No debemos de olvidar que nuestros hijos son del mundo. Nacen indefensos y nuestra labor será prepararlos lo mejor posible para tener sus propias defensas. Alimentarlos y protegerles no basta. Queremos que sean felices y sepan desenvolverse adecuadamente en la sociedad. Para ambas metas es preciso que aprendan a gestionar sus emociones. Amarlos bien supone educarlos con coherencia y de un modo sistémico. Ellos necesitan recursos intelectuales, emocionales y sociales para que sean autónomos y responsables. Al final, es importante saber, que prepararlos para vivir su propia vida se parece a cómo el mar forma los continentes, es decir, retirándose poco a poco.

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