La Educación de la Sexualidad

La educación sexual continúa planteando problemas. ¿Deben ocuparse los padres o la escuela? ¿Cómo debe impartirse? ¿Cuándo? Muchas de las dificultades proceden de que es un tema donde aspectos fisiológicos, psicológicos, sanitarios se mezclan con aspectos morales. Por eso, con frecuencia se elevan voces en contra de que esa educación se establezca en la escuela, aunque el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, aun reconociendo el derecho de los padres a decidir sobre la educación moral de sus hijos, ha legitimado la competencia de la escuela.

Parece evidente que niños y niñas deben recibir una correcta información y que los padres deberían proporcionársela. Muchos temen que hablar demasiado pronto puede despertar una curiosidad peligrosa, o que hablar de métodos anticonceptivos puede animarles a experimentar. Muchos temen que imponer normas resulte anacrónico en un momento en que el sexo parece “the last green corner”, el último rincón amable y divertido. Sin embargo, la American Psychological Association ha advertido que estábamos introduciendo a las niñas precozmente en un mundo muy sexualizado.

Es importante distinguir entre “educación sexual” y “educación de la sexualidad”. El sexo es un fenómeno biológico. La sexualidad es un complejo mundo afectivo, simbólico, normativo, moral construido culturalmente sobre el sexo. Una aventura de la humanidad, que ha tenido una trascendental influencia evolutiva, ha sido “sentimentalizar el sexo”. Al hacerlo, ha abierto una gran posibilidad y también una fuente de problemas, por eso mucha gente piensa que hay que trivializar el sexo para eliminar conflictos. Pero conviene no olvidar que si esta postura se generalizara perderíamos uno de los más importantes motores de la humanización.

Todas las culturas han impuesto algún tipo de regulación sexual. A estas alturas, cuando el sexo parece una actividad lúdica y placentera, esa afán moral puede parecernos extravagante.

Pero los antropólogos saben que, cuando algo se repite invariablemente en todas las sociedades responde a una necesidad o a un deseo universalmente compartido. ¿Cuál puede ser en este caso? Fundamentalmente ha habido tres razones para tomarse en serio la sexualidad, y las tres continúan vigentes, y debemos transmitírselas a nuestros hijos.

  • La relación del sexo con la procreación. Una cosa es pasar un buen rato y otra concebir un hijo. Aquí podríamos establecer una norma clara: Tener relaciones sexuales que puedan llevar a un embarazo no querido, sin tomar las precauciones debidas, es una infamia.
  • La fuerza del deseo sexual, que ha sido temido por todas las culturas. El ser humano es el único animal que puede obsesionarse con el sexo, porque las hembras pueden mantener relaciones sexuales fuera del período fértil y porque la imaginación se convierte en sustitutivo del estímulo. El resto de los animales no se pueden permitir este exceso. Si estuvieran ocupados con el sexo durante todo el año serían presa fácil para sus predadores. Era más seguro concentrar toda la función procreadora en un período corto de tiempo. De esta capacidad exclusiva del ser humano podemos sacar una segunda norma: Cualquier adicción- incluida la sexual- es mala porque limita la libertad, y cualquier obsesión- incluida la sexual- también lo es, porque limita el ejercicio de la inteligencia.
  • El sexo crea expectativas sentimentales. Salvo raras ocasiones puramente instrumentales –relaciones sexuales esporádicas e impersonales- la sexualidad despierta una resonancia emocional, que puede complicar la vida. La tercera norma sería: Suscitar mediante la sexualidad expectativas afectivas que no se está dispuesto a satisfacer, no es bueno.

El sexo ha favorecido un modo profundo y beneficioso de vinculación afectiva, lo que recomienda una cuarta norma: Separar el sexo de la afectividad empobrecería las relaciones humanas y por lo tanto no debería aceptarse como norma universal.

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