Niños Vulnerables

Los niños entre los doce y los veinticuatro meses sienten un fuerte impulso por aprender, quieren hacer las cosas por sí mismos: andar, hablar, expresar sus emociones y necesidades, jugar constantemente. Sobre todo desde los 18 meses, cuando se estabiliza su equilibrio al andar y su inteligencia da un salto evolutivo al comenzar a utilizar las palabras, su mundo emocional es mucho más intenso que en los meses anteriores. Esto hace que los niños se comporten muy asertivamente, afirmándose y en muchos casos desobedeciendo. Aunque sienten también un deseo de cooperar, de ser buenos y cariñosos (porque ya comprenden las expectativas de los padres), frecuentemente sus deseos de oponerse, su falta de un control adecuado de las emociones y los impulsos, o lo divertidos que son sus juegos, dan lugar a pequeños conflictos. Es el momento en que la disciplina se convierte en una tarea primordial de los padres.

La negatividad del niño, su rebeldía y las rabietas ocasionales, son una muestra de que su desarrollo es normal. Sin embargo, hay niños que a esta edad se comportan de un modo menos decidido, que no se rebelan ni protestan, que tampoco juegan con mucho interés con sus cosas y parecen tímidos y retraídos ante los demás. Los niños con este tipo de comportamiento, en el cual no observamos esa determinación por lograr sus propias metas, ni tampoco la intensidad con que juegan o tratan de aprender, son niños más vulnerables de lo habitual. Sus emociones no se expresan de manera tan abierta como suele ser normal a esta edad, sino que parecen estar contenidas o apagadas. En algunos casos, pueden tener reacciones agresivas, o inhibidas, mostrando un rechazo al contacto con otras personas, ya sean sus padres o cuidadores, o bien otros niños.

¿A qué puede deberse esta vulnerabilidad?

Hay dos causas principales.

  • La primera de ellas es que el niño tenga un temperamento con tendencia a la inhibición, respondiendo desde bebé con estímulos nuevos, con dificultad para adaptarse a los cambios, con tendencia a las emociones negativas.
  • La segunda causa proviene de la crianza, y suele darse cuando los padres desconfían de la capacidad del niño para crecer, para superar las dificultades y alcanzar los logros de cada momento evolutivo. Estos padres tienden a evitar al niño cualquier frustración, viven con angustia cualquier pequeño problema y no le permiten lograr las cosas por sí mismo.

El temperamento que hace más probable la vulnerabilidad forma parte de la genética del niño, pero no determina por completo su personalidad. Cuando los niños con este temperamento encuentran en sus padres el apoyo necesario, la estimulación y las expectativas de que logrará por sí mismo ir dando sus pequeños pasos, es menos probable que desarrollen una personalidad vulnerable. También la disciplina firme y, por supuesto, el cariño ayudarán a fortalecer su carácter, compensando la vulnerabilidad. En este caso, se trataría de adaptarse al temperamento del bebé, de lograr un buen ajuste. Si tiene tendencia a la inhibición, habrá que cuidar el contacto social, para que no le atemorice, sin dejar de estimularlo para que el niño venza esa debilidad. Si los estímulos nuevos le asustan, necesitará un entorno de baja estimulación, pero donde encuentre las experiencias suficientes. Si le cuesta adaptarse a los cambios, su entorno deberá ser muy regular y predecible. Finalmente, si sus emociones tienden a ser negativas habrá que fortalecer sus respuestas positivas, darle mucha confianza en que logrará superar esa negatividad emocional.

¿Cómo evitar el síndrome de niño vulnerable?

Algunos padres, sin ser conscientes de ello, favorecen la vulnerabilidad en el niño. Suele deberse a que el bebé tuvo algún problema al nacer, o cualquier debilidad física o temperamental, pero también puede estar motivada porque ellos mismos temen no ser capaces de criarle adecuadamente. Este exceso de preocupación que les hace vivir con angustia cualquier situación no enseña al niño a confiar en sí mismo. Suelen ser padres que educan a sus hijos de manera sobreprotectora. El  “síndrome del niño vulnerable”, se caracteriza de esta forma:

  • son niños a los que no se les ha dejado experimentar la frustración
  • no afrontan ni aprenden a manejar sus pequeños problemas
  • no saben recuperarse tras un fracaso
  • parecen tristes, infelices, lloran mucho
  • piden atención constante
  • tienen falta de recursos, y poca conciencia de sus competencias
  • ponen a prueba y provocan a los adultos
  • han aprendido una actitud de indefensión, en vez del afrontamiento

Son niños que necesitan límites y que sus padres y otros cuidadores les ayuden a formarse una idea de sí mismos como personas competentes. Un conjunto de límites seguros, establecidos de forma tranquila y no agresiva, es indispensable en el segundo año. Hay que tener siempre presente que la disciplina no es un castigo, sino que tiene como objetivo enseñar al niño a lograr el control de sí mismo. Es darle la oportunidad de que incorpore sus propios límites en su comportamiento, ya que los límites en la primera infancia dan seguridad. En otros casos esta vulnerabilidad aparece en la personalidad del niño de forma pasajera, debido a diversas situaciones, como por ejemplo, el nacimiento de un nuevo hermano, la separación de los padres, o entrar en una nueva escuela infantil. Es importante en estos casos que los padres le escuchen, que traten de averiguar lo que le pasa. Las frustraciones impulsan el desarrollo del niño, pero siempre y cuando éste sea capaz de manejarlas. Un exceso de dificultades en su entorno puede hacer sentir a un niño incapaz de afrontar y manejar su pequeño mundo, lo que origina sentimientos de tristeza. Es imprescindible que el niño experimente su entorno como previsible, controlable y seguro. No educamos en situaciones ideales, pero sí podemos reforzar todo aquello que aumenta la confianza y reduce la vulnerabilidad.

En algunos casos aparece ante un problema concreto, un cambio en la vida del niño que le resulta difícil de asimilar. Un estilo educativo responsable fortalece su personalidad y puede compensar las carencias temperamentales y favorecer el afrontamiento de los problemas. Tienen que fortalecer su personalidad a cada paso que dan, sentirse queridos, reconocidos en sus capacidades. Y desde que comienzan a andar, hacia los 13 meses, los límites son imprescindibles. Para muchos expertos ya desde los 9 meses los niños son capaces de comprender y empezar a integrar en su personalidad los límites. Se crea una gran inseguridad en los niños pequeños cuando no se les proporcionan recursos para:

  • a superar las dificultades
  • a aceptar las frustraciones
  • a respetar a los demás
  • a controlar sus emociones.

Un niño cuyos padres no establecen con claridad los límites no se siente querido y no confía en sus capacidades.

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